Misú

          La juventud de cada persona –con frecuencia– guarda los amores perdidos con sus vivencias, alegrías y dolores. El tiempo es un mal sanador y nos engaña siempre. Nos va dejando los recuerdos y las alegrías, y nos convence de que los dolores ya no lo son, que se han desvanecido o simplemente han desaparecido. La vida continúa con los recuerdos de esos amores que nos hacían soñar en nuestra juventud. El tiempo también nos convence de que esas personas desaparecieron –en sentido figurado– y que el paso de los años se las llevó a otra dimensión; a veces nunca las volvemos a ver.

          Llegan los años plateados, la vida fluye más serena y tranquila; ya no hay tanto sobresalto; el pasado y sus recuerdos parecen importarnos menos que la cotidianidad de un presente que se intenta vivir sin mayores sobresaltos.

          Sin embargo, en medio de esa serenidad, de pronto, sin imaginarlo, emerge desde las profundidades un pasado con forma de mujer, que creíamos desaparecida o en una dimensión desconocida e inasible. Ahí está y en pocos segundos y de un golpe que no duele, una mirada intensa, una sonrisa que no se olvida, un abrazo que nunca recibí y un nombre que tampoco olvidé, me retroceden muchos años.

          Es en ese momento que me doy cuenta que el tiempo, además de mal sanador, es también un gran estafador. Nada sanó, nada desapareció. Los dolores, las ilusiones perdidas, los amores sufridos, los errores, y las pasiones no consumadas nunca murieron ni desaparecieron. Aquellas lágrimas de juventud que creíamos agotadas vuelven a brotar, disfrazadas de sonrisas.

          No es un pasado emergiendo de alguna profundidad; es una realidad que nunca me había abandonado y que yo preferí no mirar para no sufrir por su ausencia. Y como no puedo cantar, ni puedo gritar, solo me queda escribir, parafraseando un bolero…

          Tú me acostumbraste a todas esas cosas que nunca me enseñaste, y que solo pude intuirlas e imaginarlas maravillosas durante tantos años…

         Un día apareciste como una tentación que llenó de ilusiones mi alma juvenil, cuando yo aún no comprendía bien cómo se amaba en tu mundo…

          Dejé de preguntarme por qué me olvidaste, por qué no me enseñaste cómo vivir con tu ausencia…

          Y al ver que me olvidaste y que no me enseñaste a vivir sin ti, aprendí a vivir en un mundo raro, lleno de recuerdos, de besos que nunca se dieron, de preguntas sin respuestas y de ausencia permanente…

Un mundo raro en el que tú me acostumbraste a vivir.

——–
Febrero 2018

2 Responses to Misú

  1. Hotel Macedonia dice:

    Como siempre. Excelente. Exquisito

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    • Fer Tobar C. dice:

      Gracias Pepe.
      Tu comentario además de generoso, halaga mucho.
      Un abrazo.

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