¿Mis hijos, tus hijos?

            Esa la gran falacia; la verdad:  ni tuyos ni míos.  En condiciones ideales las personas no tienen dueños ni se deben a nadie.  La realidad, lamentablemente, es diferente, convirtiendo en excepción el postulado anterior.  Los hijos son parte de ese inmenso grupo de seres que tienen dueños y se deben a alguien; sus padres felices, y de buena fe, asumen como natural esa situación de pertenencia.  Así son vistos y tratados los hijos:  como propiedad exclusiva y excelsa de sus padres.

            La verdad es muy diferente:  ni padres ni madres lo entienden, menos lo aceptarían.  Los hijos llegan a la vida en calidad de préstamo.  Los padres, al nacer sus hijos, asumen la durísima tarea de ser sus facilitadores, sus cuidadores, sus maestros.  Proporcionar a esos hijos –que han llegado en calidad de préstamo– todos los cuidados y habilidades para que algún día sean autónomos y caminen por su propio sendero con sus propios pies y su propio plan de vida.

            La realidad –con frecuencia– se vuelve muy amarga para los hijos; sus padres asumen ese rol de dueños y supremos hacedores de sus vidas.  Los padres quieren ver realizados en sus hijos los sueños y metas que ellos mismos no alcanzaron y los van forzando a seguir el camino que no supieron o no pudieron recorrer.  Los hijos son trofeos que se exhiben sin pudor; sus éxitos y sus logros, los padres los asumen como suyos propios; los méritos de los que carecen los padres, abundan en los hijos; no comenten errores, no tienen fallas, son los mejores y más perfectos.  Los hijos van convirtiéndose en el espejo en el que se reflejan sus padres y pretenden ver una imagen impoluta de sí mismos, cuando debería ser al revés:  los hijos mirando a sus padres como un referentes, como un inspiradores, como seres humanos con virtudes y defectos.

            La frustración, prima hermana de la mentira, tiene patas cortas.  Con el paso de los años los hijos van creando su propia identidad y empiezan a trazar su propio el camino; y no los escogidos y diseñados por sus padres.  La frustración se instala en esos hogares; padres e hijos enfrentados en una permanente pugna de poder.  La gran paradoja de esta situación ocurre cuando los hijos se convierten en adultos exitosos.  Los padres se apropian de ese éxito y presumen por eso… una vez más los hijos son ese espejo que les devuelve la imagen de su propio y torpe ego.

            Pasará el tiempo, los hijos se convertirán en padres y el círculo se repetirá, salvo las excepciones que siempre existen, y seguirán hablando de sus hijos y de los tuyos, como cosa propia.

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