Mis ventanas al mundo. Mi respuesta a Virginia.

Hace unos días una prima muy querida respondió a una  invitación que le hice para que visitara mi blog diciéndome: será una buena manera de conocer lo que piensas y de mirar por “la ventana de tú mundo “, lo que hoy día eres.”  Estas palabras inspiran mi siguiente reflexión.

Todos interactuamos con el mundo circundante a través de nuestros prejuicios, conocimientos e inclinaciones. Miramos el mundo a través de esas muchas ventanas que abrimos y cerramos a lo largo de la vida. Esas mismas ventanas que nos permiten ver el mundo exterior son las que facilitan, a su vez, que entren a nuestro mundo interior lo que el mundo exterior nos ofrece. Es una dinámica permanente, mas no por eso siempre positiva.

Hay personas que son capaces de abrir muchas ventanas, mantenerlas abiertas y mirar el mundo que les rodea con amplitud y libertad; son capaces de encender luces y mirar con más claridad sus interiores, sus capacidades y sus limitaciones.

Hay  personas con pocas ventanas. No las abren y miran el mundo a través de sus propios cristales. Con el paso del tiempo se ensucian y ya no miran hacia afuera. La luz exterior va apagándose poco a poco. Tampoco son capaces de encender sus luces internas.

Unos cuantos han sido capaces de abrir una o dos ventanas solamente, de las estrechas, y creen que el mundo es lo que esas estrecheces les permiten ver. Incapaces de mirar y aceptar que el mundo circundante podría ser algo más extenso y luminoso, se refugian bajo el cobijo de sus propias prepotencias.

¿Qué es lo que hoy día somos? Difícil responder sin caer en la arrogancia del propio auto halago. En todo caso, siempre somos el resultado de lo que ha pasado a través de esas ventanas. Somos más en la medida en que dejemos nuestras ventanas abiertas para mirar con amplitud y permitir el ingreso de lo que el mundo exterior nos ofrece a lo largo de nuestras vidas. Somos más en la medida en que abrimos nuevas ventanas y encendemos nuestras luces internas.

¿Qué respuesta podría darle a Virginia respecto de lo que soy ahora? No tengo palabras. Es difícil, arriesgado y con frecuencia innecesario hablar de uno mismo; mi vida, mis logros, fracasos, errores y horrores deberían hacerlo, evitándome la dulce arrogancia de hablar sobre mi mismo.

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